miércoles, 23 de octubre de 2013

El garrote

El garrote fue un procedimiento de aplicación de la pena de muerte en España durante gran parte de los siglos XIX y XX.
La utilización del garrote nace por un real decreto de 28 de abril de 1832, en el último período del reinado de Fernando VII. El garrote sustituiría a la horca como método para aplicar las penas capitales.
El garrote consistía en un palo fijo adosado a un banquillo donde se sentaba el reo, y que tendría a la altura del cuello del condenado un corbatín de hierro ajustable a la garganta. En el envés del poste habría un torno con una manivela que, al accionarse, introduciría un punzón en el bulbo raquídeo del ajusticiado, produciendo la muerte, en teoría, de forma instantánea. Pero en el año 1959, José María Jarabo tardó unos quince minutos en morir y eso provocó que las autoridades encargasen a una comisión médica que revisase este método de matar. En el informe que se elaboró se aludía a que había autores consideraban que este método de ejecución era menos cruel que otros como la silla eléctrica o la cámara de gas. Si la ejecución se realizaba de forma diestra (aludiría al verdugo, imaginamos) era una procedimiento eficiente y rápido. De ese modo, la muerte debía ser muy rápida porque se aplastaba el bulbo por trituración de las vértebras cervicales y aplastado del cuello. Así pues, el reo no debía sufrir casi nada y las sacudidas del cuerpo, que se observaban, solamente serían debidas a reflejos inconscientes por la lesión mortal del sistema nervioso. Lo que está claro es que el garrote se siguió empleando en España.
Los últimos ejecutados por garrote en nuestro país fueron Heinz Chenz, acusado y condenado por el asesinato de un guardia civil y Salvador Puig Antich, declarado culpable por la muerte de un policía de la Brigada Político Social durante el atraco de un banco. Ambos murieron el 2 de marzo de 1974.

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Nos hemos basado en el texto “La pena de muerte” de Enrique Gacto, Cuadernos de Historia 16, número 134, págs. 30 y 31.